El Jugador
El Jugador Al principio imaginóse que yo era sencillamente tonto, un outchitel, e interrumpía sus explicaciones pensando probablemente: “Es tonto, es inútil despabilarle. No comprende nada.” Solía marcharse para volver al cabo de diez minutos. Esto sucedía siempre que sus locos gastos aumentaban en desproporción con nuestros recursos. Por ejemplo, un día que cambió los caballos del coche y compró un nuevo tronco por dieciséis mil francos:
—Vamos, bibi. ¿Estás enfadado? —dijo, dirigiéndose a mí.
—¡No!… ¡Me fastidias! ¡Déjame! —repliqué, apartándola con la mano.
Esto le pareció tan raro que se sentó inmediatamente a mi lado.
—Mira, si me he decidido a pagar semejante precio es porque era una ganga. Podemos revenderlos en veinticinco mil francos.
—No lo dudo. Los caballos son soberbios y te hallas en posesión de un hermoso tronco. Esto es útil, pero déjame.
—Entonces, ¿no estás enfadado?