El Jugador
El Jugador Estaban todos paseando por el parque y no pude verla hasta después de cenar. Aquella vez el francés estaba ausente y el general se despachó a su gusto. Entre otras cosas juzgó oportuno hacerme observar de nuevo que no deseaba verme en la mesa de juego. Según él, se verÃa muy comprometido si yo sufrÃa una pérdida importante.
—Pero aunque ganase usted mucho, me comprometerÃa también—añadió gravemente—. Sin duda que no tengo derecho a dirigir su conducta, pero convenga usted mismo en que si…
No terminó, según su costumbre. Le repliqué en tono seco que, teniendo muy poco dinero, no podÃa distinguirme por mis pérdidas aunque me diese por jugar.
Al subir a mi habitación pude entregar a Paulina su ganancia y declararle que, en lo sucesivo, no jugarÃa más por cuenta de ella.
—¿Por qué? —preguntó alarmada.
—Porque quiero jugar para mà —contesté, mirándola con sorpresa—, y eso me lo impide.
—¿AsÃ, persiste usted en creer que la ruleta es su única probabilidad de salvación? —me preguntó con tono zumbón.