El Jugador
El Jugador —General —le contesté, con una flema que debió parecerle insoportable—. No se puede detener a nadie por escándalo antes de que lo haya dado. No he tenido todavÃa ninguna explicación con el barón y usted ignora completamente de qué manera intento liquidar el asunto. Deseo solamente dilucidar la suposición, ofensiva para mÃ, de que me hallo bajo tutela, que una persona tenga autoridad sobre mi libre albedrÃo. No tiene usted razón para alarmarse ni preocuparse de ese modo.
—¡Por el amor de Dios, por el amor de Dios, Alexei Ivanovitch, abandone ese proyecto insensato! —murmuró el general, que pasó del tono rencoroso al tono suplicante e incluso me cogió las manos—. Veamos, piense usted en las consecuencias. ¡Una nueva complicación! Considere que debo comportarme aquà de un modo especial, sobretodo en este momento… ¡Oh, usted no conoce, no conoce todas las circunstancias en que me encuentro… ! Cuando nos vayamos de aquÃ, estoy dispuesto a tomarle de nuevo a mi servicio. No le despido más que momentáneamente. ¡En una palabra, comprenda usted los motivos que me obligan a obrar asÃ! —clamaba desconsolado—. ¡Veamos, Alexei Ivanovitch… !
Al dirigirme a la puerta, todavÃa le rogué que no se inquietase; le prometà que todo se arreglarÃa decorosamente y me apresuré a salir.