Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos La anciana se ponía enferma si tardaba en recibir noticias y, cuando yo se las llevaba, se interesaba por el más mínimo detalle, me interrogaba con febril curiosidad y se desahogaba al oír mi relato. Poco faltó para que se muriera del disgusto cuando, en cierta ocasión, Natasha cayó enferma, y estuvo a punto de presentarse en su casa. Aquello fue, no obstante, un caso extremo. Al principio, tampoco se atrevía a expresar ante mí el deseo de ver a su hija y, por lo general, después de nuestras conversaciones, cuando ya me lo había sacado todo, consideraba que en cierto modo debía contenerse en mi presencia y proclamaba indefectiblemente que, aunque se interesaba por la suerte de su hija, la falta que había cometido era tan grave que no la podían perdonar. Pero todo era puro fingimiento. A veces, Anna Andréievna añoraba a Natasha con locura: lloraba, le dedicaba las expresiones más tiernas y se quejaba amargamente de Nikolái Sergueich; más tarde, en presencia de su marido, empezaba a hacer insinuaciones, aunque muy comedidas, acerca del orgullo del ser humano, de la dureza de corazón, de nuestra incapacidad para perdonar las ofensas y de que Dios no perdonará a quienes no perdonan; no obstante, delante de su marido no se atrevía a ir más lejos. En tales momentos el anciano se volvía de inmediato hosco y taciturno, callaba, fruncía el ceño o, de pronto, cambiaba de tema, levantando habitualmente la voz, en un tono desagradable, o acababa por marcharse a su habitación, dejándonos solos y dándole de esta manera a Anna Andréievna la posibilidad de expresar todo su dolor con lágrimas y lamentaciones. En ese sentido, cada vez que los visitaba, se retiraba a su habitación nada más saludarme, para que yo tuviera tiempo de comunicarle a Anna Andréievna las últimas novedades de Natasha. Y eso fue precisamente lo que hizo en aquel momento.