Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Estoy empapado —dijo nada más entrar—, voy a mi cuarto; tú, Vania, quédate aquÃ. Le ha ocurrido una historia con su nuevo piso; ¡anda, cuéntasela! Vuelvo en seguida…
Y salió precipitadamente, tratando de no mirarnos siquiera, como si le diera vergüenza habernos reunido. En tales ocasiones, sobre todo cuando volvÃa, solÃa mostrarse hosco e irritable, tanto conmigo como con Anna Andréievna, e incluso quisquilloso, como si estuviera enfadado consigo mismo y se recriminara su blandura y su condescendencia.
—Ya lo ves —dijo la anciana, que en los últimos tiempos habÃa abandonado toda afectación y toda reserva cuando conversábamos—. Siempre es asà conmigo. Pero, si él mismo sabe que nos damos cuenta de sus tretas, ¿por qué se pone asà conmigo? ¿O es que soy una extraña para él? Con nuestra hija era igual. PodrÃa perdonarla; lo mismo hasta está deseando perdonarla, sabe Dios. ¡Por las noches le he oÃdo llorar! Pero, de cara a la galerÃa, se hace el duro. Es vÃctima de su orgullo… Bátiushka Iván Petróvich, cuéntame rápido dónde ha estado.
—¿Nikolái Sergueich? No tengo ni idea; precisamente iba a preguntárselo a usted.