Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Me asusté al verle salir. Estando enfermo, con este tiempo y de noche, pensé que debía de tratarse de algo importante. ¿Y qué puede haber más importante que el asunto que usted ya sabe? Eso es lo que creo, pero no me atrevo a preguntar. Últimamente no me atrevo a preguntarle nada. ¡Dios mío, si me consumo pensando en el uno y en la otra! Me figuraba que habría ido a su casa, que a lo mejor había decidido perdonarla. Porque está enterado de todo, está al corriente de las últimas noticias sobre ella; estoy convencida de que lo sabe, pero no alcanzo a imaginar de dónde le llega la información. Ayer estuvo muy inquieto, y también hoy. Pero ¿por qué guarda usted silencio? Dime, bátiushka, ¿qué está pasando allí? Te estaba esperando como a un ángel del Señor, era toda ojos, asomada a la ventana. Dime, pues, ¿va a dejar ese desalmado a Natasha?