Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Aquel pobre perro parecía tener también ochenta años; sí, seguro que los tenía. En primer lugar, porque su aspecto indicaba una ancianidad impropia de un perro, y en segundo lugar, porque en cuanto lo vi me dije que ése no era un perro cualquiera, que era un perro extraordinario, que forzosamente tenía que haber en él algo de fantástico, de encantado, que posiblemente se tratara de una especie de Mefistófeles en forma canina y que su destino estaba ligado al de su amo por arcanos e ignotos senderos. Bastaba con mirarlo para convencerse de que seguramente habrían pasado ya veinte años desde que había comido por última vez. Estaba flaco como un esqueleto, o, mejor dicho aún, como su amo. Se le había caído casi todo el pelo, incluso en el rabo, que le colgaba como un palo y siempre lo llevaba entre las patas. Su cabeza de largas orejas se inclinaba taciturna hacia el suelo. En mi vida había visto un perro tan desagradable. Cuando paseaban los dos por la calle —el amo delante y el perro detrás—, su hocico siempre iba tocando los faldones del abrigo de su dueño, como si estuviera pegado. El modo de andar de ambos y todo su aspecto parecían decir a cada paso: «¡Qué viejos somos, cielo santo, qué viejos!».