Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos «¿A qué irá a la confiterÃa de Müller, qué tendrá que hacer allÃ?», pensaba yo, parado al otro lado de la calle, mientras le contemplaba embelesado. Cierto enojo, debido a la enfermedad y el cansancio, se apoderaba de mÃ. «¿En qué estará pensando? —seguÃa preguntándome—. ¿Qué se le pasará por la cabeza? ¿Pensará aún en algo siquiera? Su rostro está completamente muerto: ha perdido toda expresión. Y ¿de dónde habrá sacado ese asqueroso perro, que nunca se separa de él, como si formaran un todo indivisible? ¡Hay que ver cómo se le parece!»