Humillados y ofendidos

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El anciano se aproximaba a la confitería con paso lento y débil, moviendo las piernas como si fueran palos, sin doblarlas, golpeando ligeramente con el bastón las baldosas de la acera. En mi vida he visto un personaje tan extraño y estrambótico. Las otras veces que había coincidido con él en la confitería de Müller antes de aquel encuentro, me había producido siempre una lastimosa impresión. Su gran estatura, su espalda encorvada, su cadavérico rostro de octogenario, su viejo abrigo de costuras descosidas, su sombrero redondo, todo roto, que no tendría menos de veinte años y que cubría su cabeza calva, en la que conservaba, en la misma nuca, un mechón de pelo, más que blanco, amarillento, todos sus movimientos, que parecía hacer de forma automática, como si le hubieran dado cuerda… Todo aquello habría dejado pasmado a cualquiera que se topase con él por primera vez. En verdad, resultaba un tanto extraño ver a un viejo así de decrépito solo, sin vigilancia, sobre todo porque parecía un loco que hubiera escapado de sus celadores. También me asombraba su extraordinaria delgadez: apenas tenía cuerpo, y daba la sensación de ser sólo huesos y piel. Sus ojos, grandes pero apagados, rodeados de ojeras, miraban siempre de frente, nunca de soslayo, aunque jamás veían nada, de eso estoy seguro. Por más que pareciera estar mirando a alguien, se le echaba invariablemente encima, como si tuviese delante un espacio vacío. Lo había comprobado en varias ocasiones. Hacía poco que se le había empezado a ver en la confitería de Müller, siempre acompañado por su perro. Nadie sabía de dónde había salido. Ninguno de los clientes de la confitería se había atrevido jamás a dirigirle la palabra, y él tampoco hablaba con nadie.


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