Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No es más que un absurdo rumor —contesté, aunque me llamó la atención la persistencia de tal habladurÃa. Pero la noticia de que Nikolái Sergueich hubiera estado revisando sus pergaminos me pareció muy llamativa. Antes, nunca se habÃa jactado de su ascendencia.
—¡Son todos unos miserables desalmados! —continuó Anna Andréievna—. ¿Y qué hace mi pobre palomita? ¿Sufre, llora? ¡Ah, ya es hora de que vayas a verla! ¡Matriona, Matriona! ¡Menuda tunanta!… ¿No la habrán faltado al respeto? Dime, Vania.
¿Qué podÃa contestarle? La vieja rompió a llorar. Le pregunté cuál era esa otra desgracia a la que poco antes habÃa aludido.