Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Ay, bátiushka, como si no bastara con una desgracia! ¡Por lo visto, aún el cáliz no estaba agotado! No sé si te acordarás, querido, a lo mejor lo has olvidado, pero yo tenía un medallón de oro, uno de ésos donde se guardan recuerdos, y dentro había un retrato de Natáshechka de cuando era niña; tenía entonces ocho años, ¡angelito mío! Nikolái Sergueich y yo se lo encargamos por aquel entonces a un pintor itinerante. Pero ya veo que no te acuerdas, bátiushka. Era un buen pintor, la representó como un amorcillo, con los cabellos claros y ondulados, como los tenía entonces, vestida con una camisita de muselina que dejaba transparentar el cuerpecito, y salió tan bonita que no se hartaba una de admirarla. Le pedí al pintor que le añadiera unas alitas, pero no quiso. Pues bien, bátiushka, después de todos aquellos horrores que nos tocó vivir, saqué el medallón de la cajita donde lo tenía guardado y me lo colgué al cuello de un cordón, de modo que lo llevaba junto a la cruz; no obstante, temía que mi marido me lo viera, pues por aquel entonces había ordenado que se tiraran o quemaran todas sus cosas para que no quedara nada en casa que nos la recordase. Pero yo necesito poder mirar al menos su retrato; a veces lloro al contemplarlo y así me siento aliviada; otras, cuando me quedo sola, me lo como a besos, como si la estuviera besando a ella; le digo palabras tiernas y todas las noches, antes de dormir, lo persigno. Cuando me quedo sola, le hablo en voz alta, le pregunto cosas y me imagino que ella me responde y le hago más preguntas. ¡Ay, querido Vania, sólo de contarlo ya me pongo triste! Yo estaba tan contenta viendo que él no sabía lo del medallón y que no se había dado ni cuenta; sin embargo, ayer mismo por la mañana me desapareció; de mi cuello sólo colgaba el cordoncito, que estaba roto, así que el medallón se me debía de haber caído. Creí morirme. Tenía que encontrarlo; lo busqué y lo volví a buscar, pero ¡nada! ¡Había desaparecido! ¿Y dónde podría haber ido a parar? Pensé que probablemente se me habría caído en la cama; lo revolví todo, ¡y nada! Entonces se me ocurrió que a lo mejor se me había soltado y se había caído en alguna otra parte y que alguien lo habría encontrado, pero ¿quién iba a haberlo encontrado, más que él o Matriona? No cabe pensar en Matriona: me es absolutamente fiel… Matriona, ¿traes ya ese samovar o qué?… Me pregunto qué puede pasar como él lo encuentre. Me he pasado todo el día abatida, sin hacer otra cosa que llorar, sin poder contener las lágrimas. Y Nikolái Sergueich se mostraba más cariñoso que nunca conmigo; cada vez que me miraba, se ponía triste, como si supiera por qué estaba llorando y se compadeciera de mí. «Pero ¿cómo va a saberlo?», me he dicho a mí misma. «Igual es verdad que ha encontrado el medallón y lo ha tirado por la ventana. En un arranque de cólera, él es muy capaz de hacerlo; lo habrá tirado y ahora está triste y arrepentido de lo que ha hecho». Total, que he salido al patio con Matriona a mirar bajo la ventana, pero no hemos encontrado nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Me he pasado toda la noche llorando. Es la primera vez que no lo persigno antes de dormir. Ay, Iván Petróvich, esto no puede traer nada bueno; llevo todo el día llorando sin parar. Te he estado esperando, querido, como a un ángel de Dios, para poder al menos desahogarme… —Y la anciana rompió a llorar amargamente—. ¡Ah, se me olvidaba! —exclamó de pronto, alegrándose de haberlo recordado—. ¿Le has oído decir algo sobre una huérfana?