Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡La maldigo —gritó el viejo, el doble de fuerte que antes—, porque a mí, que he sido ofendido y ultrajado, se me exige que vaya a casa de esa maldita y le pida perdón! ¡Sí, sí, así es! ¡Con eso se me atormenta constantemente, día y noche, en mi propia casa, por medio de lágrimas, suspiros y estúpidas insinuaciones! Pretenden que me apiade… ¡Mira, Vania, fíjate! —añadió, al tiempo que, con sus manos temblorosas, se sacaba atropelladamente unos papeles del bolsillo—. ¡Aquí están los extractos de nuestro pleito! ¡De ahí resulta ahora que soy un ladrón, que soy un granuja, que he robado a mi benefactor! ¡Se me ha difamado, se me ha deshonrado, y todo por culpa de ella! ¡Aquí lo tienes, mira, mira!…

Y empezó a sacar del bolsillo lateral de su levita distintos papeles, uno tras otro, tirándolos sobre la mesa, y se puso a rebuscar entre ellos, impacientemente, el que quería mostrarme; pero, como hecho aposta, no aparecía el que necesitaba. En su ansiedad, sacó de un tirón todo lo que encontró en el bolsillo y, de repente, algo sonoro y pesado cayó sobre la mesa… Anna Andréievna lanzó un grito. Era el medallón extraviado.




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