Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Casi no daba crédito a mis ojos. Al viejo se le subió la sangre a la cabeza, tiñendo sus mejillas. Se estremeció. Anna Andréievna estaba de pie, cruzada de brazos, y le miraba suplicante. Su rostro se iluminó con una clara y gozosa esperanza. Aquel rubor, aquella turbación del viejo delante de nosotros… sí, no se había equivocado, ¡ahora entendía cómo había desaparecido su medallón!
Comprendió que lo había encontrado él, que este hallazgo le había llenado de alegría y que, temblando acaso de júbilo, lo había ocultado celosamente de todas las miradas; que en algún lugar, a solas, se habría dedicado a contemplar a escondidas con inconmensurable amor la carita de su querida hija, sin poder dejar de mirarla; que, posiblemente, al igual que hacía la pobre madre, se habría encerrado solo para hablar con su adorada Natasha, para imaginar las respuestas de la muchacha y sus propias réplicas; y que de noche, torturado por la añoranza y ahogando los sollozos en su pecho, habría acariciado y besado la querida imagen y, en vez de imprecaciones, habría invocado el perdón y la bendición para aquella misma a la que en público rehusaba ver y maldecía.
—¡Así que aún la amas, querido! —exclamó Anna Andréievna, sin poder contenerse más delante del severo padre que un minuto antes maldecía a su Natasha.