Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos En la confitería, el viejo solía comportarse de un modo extraño, y Müller, siempre de pie tras el mostrador, había empezado ya en los últimos tiempos a hacer un gesto de desagrado cada vez que veía entrar al inoportuno parroquiano. En primer lugar, el extraño visitante no pedía nunca nada. Se encaminaba siempre directamente al rincón, hacia la estufa, y allí se sentaba en una silla. Si el sitio de la estufa estaba ocupado, entonces, después de un tiempo absurdamente perplejo enfrente del señor que le había quitado el asiento, se marchaba como desconcertado al rincón opuesto, al lado de la ventana. Allí elegía una silla, se sentaba despacio, se quitaba el sombrero, lo colocaba a su lado en el suelo, dejaba el bastón junto al sombrero y, a continuación, recostándose en el respaldo de la silla, permanecía inmóvil tres o cuatro horas. Nunca cogió en sus manos un periódico, jamás pronunció una palabra ni emitió sonido alguno; se limitaba a estar ahí sentado, mirando al frente con los ojos muy abiertos, pero con una mirada tan inexpresiva y vacía que podría apostarse cualquier cosa a que no veía ni oía nada de cuanto sucedía a su alrededor. El perro, después de dar dos o tres vueltas en el sitio, se tumbaba con aire sombrío a sus pies, metía el hocico entre sus botas, lanzaba un profundo resuello y, tendiéndose cuan largo era en el suelo, se quedaba también inmóvil toda la velada, como sin vida. Parecía como si durante todo el día estas dos criaturas yacieran muertas en algún lugar y, tan pronto como se ponía el sol, resucitaran de repente con el único fin de dirigirse a la confitería de Müller y cumplir así con alguna misteriosa obligación que nadie conocía. Tras estar sentado unas tres o cuatro horas, el viejo por fin se levantaba, cogía su sombrero y se marchaba a su casa, dondequiera que estuviese. Se levantaba también el perro y, metiendo de nuevo el rabo entre las patas e inclinando la cabeza, le seguía maquinalmente con el paso lento de siempre. Los clientes de la confitería acabaron por evitar al viejo a toda costa, ni siquiera se sentaban a su lado, como si les produjera repugnancia. Él, sin embargo, no se daba cuenta de nada de eso.