Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Los clientes eran en su mayor parte alemanes. Iban allá de toda la avenida Voznesenski; eran propietarios de distintos establecimientos: cerrajeros, panaderos, tintoreros, sombrereros, guarnicioneros… Todos ellos gente patriarcal, en el sentido germánico del término. En la confitería de Müller siempre se observaban las costumbres patriarcales. A menudo, el propietario se acercaba a los clientes habituales, se sentaba a su mesa y consumía con ellos la consabida cantidad de ponche. Los perros y los hijos pequeños del dueño también salían a veces a ver a los parroquianos, y éstos acariciaban a niños y perros. Todos se conocían y se respetaban mutuamente. Y, cuando los clientes se enfrascaban en la lectura de la prensa alemana, detrás de la puerta, en la vivienda del dueño, sonaban los acordes de Augustin[2], tocado en el tintineante piano por la hija mayor del propietario, una rubita alemana con rizos, que se parecía a un ratoncito blanco. El vals era acogido con agrado. Yo iba a la confitería de Müller los primeros días de cada mes para leer las revistas rusas que allí se recibían.






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