Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Al entrar en la confitería, vi que el viejo estaba ya sentado junto a la ventana y el perro, como siempre, estirado a sus pies. Me senté en silencio en un rincón y me dije: «¿Para qué habré entrado aquí si no tengo absolutamente nada que hacer en este lugar, si estoy enfermo y debería irme en seguida a casa, tomarme un té y meterme en la cama? ¿No será que, en realidad, estoy aquí únicamente para observar a este anciano?». Me sentí enojado. «¿Qué tengo yo que ver con él? —pensé, recordando aquella extraña y morbosa sensación con la que le había observado ya en la calle—. ¿Y qué tengo que ver con todos estos tediosos alemanes? ¿A qué se debe esta increíble disposición de ánimo? ¿A qué obedece esta trivial angustia por menudencias que noto en los últimos tiempos y que me impide vivir y ver la vida con claridad, tal y como señaló un agudo crítico al analizar indignado mi última novela?» Pero, entre cavilaciones y lamentos, el caso es que no me movía de mi sitio, y entre tanto me iba encontrando cada vez peor y me resistía a abandonar aquel cálido local. Cogí un periódico de Frankfurt, leí dos líneas y me quedé amodorrado. Los alemanes no me molestaban. Leían, fumaban y, sólo de cuando en cuando, una vez cada media hora, intercambiaban entrecortadamente y a media voz alguna noticia de Frankfurt o algún Witz[3] o Scharfsinn[4] del célebre humorista alemán Saphir[5], después de lo cual, con redoblado orgullo patriótico, volvían a sumirse en la lectura.