Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Estuve adormilado una media hora, hasta que me espabilé de una tiritona. Decididamente, debía irme a casa. Pero en aquel momento me retuvo una escena muda que se desarrollaba en el local. Ya he mencionado que el viejo, tan pronto como se acomodaba en su silla, clavaba la mirada en un punto y ya no la desviaba hacia ningún otro objeto en toda la velada. Alguna vez yo también fui el blanco de aquella mirada, absurdamente fija y que nada distinguía: la sensación resultaba tremendamente desagradable, insoportable incluso, y yo solía cambiar de sitio lo antes posible. Ahora, la víctima del viejo era un alemán menudo, regordete y extraordinariamente acicalado, con el cuello bien almidonado y el rostro asombrosamente colorado. Era un cliente de paso, comerciante de Riga; se llamaba Adam Ivánich Schultz, según supe después, y era amigo íntimo de Müller, pero aún no conocía al viejo ni a muchos de los parroquianos. Estaba leyendo plácidamente el Dorfbarbier[6] y bebiendo su ponche cuando de pronto, al levantar la cabeza, notó la mirada fija del viejo clavada en él. Aquello le desconcertó. Adam Ivánich era un hombre muy susceptible y quisquilloso, como lo son en general todos los alemanes «distinguidos». Le pareció extraño y ofensivo que le examinaran de forma tan insistente y descarada. Con contenida indignación apartó la vista del indiscreto cliente, refunfuñó algo y, sin decir palabra, se tapó con el periódico. Sin embargo, no pudo contenerse y al cabo de un par de minutos se asomó furtivamente: la misma mirada terca, el mismo examen inexpresivo. Adam Ivánich tampoco dijo nada en esta ocasión. Pero, cuando la circunstancia se repitió por tercera vez, montó en cólera y consideró que era su obligación defender su dignidad y no dejar malparada ante aquel noble público la hermosa ciudad de Riga, de la cual, probablemente, se consideraba representante. Con un gesto de impaciencia tiró el periódico sobre la mesa, golpeando enérgicamente la varilla con la que estaba sujeto y, encendiéndose con un sentimiento de dignidad personal, todo colorado por culpa del ponche y del amor propio, clavó a su vez los pequeños ojillos inflamados en el irritante viejo. Parecía que ambos pugnaban por dominar a su adversario con la fuerza magnética de sus miradas y aguardaban a ver quién era el primero en turbarse y bajar la vista. El golpe de la varilla y la excéntrica actitud de Adam Ivánich atrajeron la atención de los parroquianos. Al punto, abandonaron todos sus ocupaciones y, con una curiosidad grave y silenciosa, se pusieron a observar a ambos contendientes. La escena resultaba muy cómica. El magnetismo de los desafiantes ojillos del coloradote Adam Ivánovich fue completamente vano. El viejo, sin ninguna preocupación, continuaba mirando fijamente al enfurecido señor Schultz y no se daba cuenta en absoluto de que se había convertido en objeto de la curiosidad general, como si tuviera la cabeza en la luna y no en la tierra. Por fin a Adam Ivánich se le agotó la paciencia, y estalló.


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