Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Al comienzo de la relación, cuando Aliosha vivía aún con su padre, tuvo lugar una terrible discusión entre ellos por este motivo. En aquel momento, el propósito del príncipe de casar a su hijo con Katerina Fiódorovna Filimónova, la hijastra de la condesa, no pasaba de ser un proyecto, aunque insistía enérgicamente en él; llevaba a Aliosha a casa de su futura novia, le exhortaba para que procurara gustarle e intentaba convencerle con su trato severo y con razonamientos; pero la condesa le desbarató los planes. Entonces el padre empezó a hacer la vista gorda en lo tocante a la relación de su hijo con Natasha, dando tiempo al tiempo y confiando —pues sabía de la volubilidad y ligereza de Aliosha— en que su amor se enfriaría pronto. Hasta el último momento, el príncipe no quiso preocuparse por la posibilidad de que su hijo se casara con Natasha. En cuanto a los amantes, aplazaron el asunto hasta que padre e hijo se reconciliaran formalmente y cambiaran las circunstancias. Además, Natasha no quería, por lo visto, tratar el tema. Aliosha me contó en secreto que su padre estaba bastante satisfecho con aquella historia: de todo ese asunto le complacía la humillación de Ijménev. Para guardar las apariencias, siguió mostrándose descontento con su hijo: le redujo la ya de por sí exigua asignación (pues era extraordinariamente tacaño con él) y le amenazó con retirársela en su totalidad; pero poco tiempo después se marchó a Polonia en pos de la condesa, que tenía allí ciertos negocios, con el firme propósito de llevar a cabo su proyecto matrimonial. Ciertamente, Aliosha era aún demasiado joven para casarse, pero la novia era tan rica que no se podía dejar pasar una oportunidad como aquélla. El príncipe consiguió finalmente su objetivo. Nos llegaron rumores de que la cuestión de la boda por fin se había arreglado. En el momento al que me estoy refiriendo, el príncipe acababa de regresar a San Petersburgo. Al encontrarse con su hijo, lo trató con cariño, pero la perseverancia de su relación con Natasha le sorprendió desagradablemente. Comenzó a vacilar, a ponerse nervioso. Severa e imperiosamente exigió la ruptura; pero pronto se le ocurrió un remedio mucho más eficaz, y llevó a Aliosha a casa de la condesa. Su hijastra era casi una belleza, aunque era prácticamente una niña, y además tenía un corazón excepcional y un alma pura e inocente; era alegre, inteligente y cariñosa. El príncipe presuponía que, a pesar de todo, el medio año transcurrido había tenido que hacer mella, que Natasha ya no le ofrecía a su hijo el encanto de la novedad y que éste ya no miraría a su futura prometida con los mismos ojos que medio año antes. Acertó sólo en parte… Aliosha, efectivamente, se quedó prendado. Añadiré además que el padre, de pronto, se volvió extraordinariamente afectuoso con su hijo (no obstante, seguía sin darle dinero). Aliosha sospechaba que bajo ese cariño se ocultaba una férrea e inexorable decisión, y estaba triste; aunque no tanto, la verdad, como lo habría estado si no hubiera visitado diariamente a Katerina Fiódorovna. Yo sabía que llevaba ya cinco días sin ver a Natasha. Mientras me dirigía a casa de ésta desde la de los Ijménev, me preguntaba con ansiedad qué sería lo que quería decirme. De lejos distinguí una luz en su ventana. Habíamos convenido tiempo atrás que, si le surgía una necesidad urgente de verme, pusiera una vela en la ventana, de modo que, si yo pasaba cerca (algo que ocurría casi todas las noches), la luz inusual en la ventana me permitiría saber que ella me esperaba y me necesitaba. Últimamente ponía a menudo la vela…