Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Por fortuna, nos han dejado solos par de horas. Yo, sencillamente, le he hecho ver que, aunque pretenden casarnos, nuestra boda es imposible; que ella cuenta con todas mis simpatÃas y que ella es la única que me puede salvar. En ese momento se lo he confesado todo. ImagÃnate: ¡ella no tenÃa ni idea de nuestra historia, de mi relación contigo, Natasha! Si hubieras visto hasta qué punto se ha conmovido; al principio, parecÃa incluso asustada. Se ha quedado pálida. Yo le he contado toda nuestra historia: que habÃas abandonado tu hogar por mÃ, que vivÃamos juntos, que ahora lo estábamos pasando muy mal y todo nos daba miedo, y que habÃamos decidido recurrir a ella (hablaba también en tu nombre, Natasha) para que nos apoyara y le dijera claramente a su madrastra que no deseaba casarse conmigo, que de eso dependÃa nuestra salvación y que no podÃamos esperar nada más de nadie. Me ha escuchado con gran interés, con enorme simpatÃa. ¡Qué maravilla de ojos tenÃa en esos momentos! Su alma entera se asomaba a esos ojos. Tiene unos ojos totalmente azules. Me ha agradecido que haya confiado en ella y me ha dado su palabra de que va a ayudarnos con todas sus fuerzas. Después, ha empezado a preguntarme por ti, decÃa que tiene muchas ganas de conocerte; me ha pedido que te diga que te quiere como a una hermana y que le gustarÃa que tú también la quisieras a ella como a una hermana. Y, en cuanto se ha enterado de que llevaba ya cuatro dÃas sin verte, ha empezado a meterme prisa y a decirme que viniera aquÃ…