Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—No podía ser de otra manera —afirmó el príncipe—; a pesar de lo cual, toda esta repentina sagacidad en él, toda esta determinación, esta conciencia del deber, en fin, toda esta noble firmeza es consecuencia de la influencia que usted ha ejercido sobre él. No he acabado de caer en la cuenta de todo eso hasta hace unos momentos, mientras iba reflexionando de camino a casa, y ha sido justo entonces cuando me he sentido con fuerzas para tomar una decisión. Nuestro enlace con la familia de la condesa ha quedado roto y no es posible restaurarlo; e incluso aunque así fuera, ya no tendría razón de ser. Qué remedio, si yo mismo me he convencido de que sólo usted puede hacerle feliz, de que usted es la persona que realmente ha guiado a mi hijo, ¡de que usted ha dado comienzo a su futura dicha! No le he ocultado nada; no lo voy a hacer ahora: tengo en alta estima las carreras, el dinero, los títulos, las categorías; soy consciente de que en gran parte todo eso no son más que prejuicios, pero me gustan esos prejuicios y, decididamente, no quiero acabar con ellos. Pero en determinadas circunstancias es preciso dejar paso a otras consideraciones, sabiendo que no se puede medir todo por el mismo rasero… Aparte de eso, quiero a mi hijo con fervor. En resumen, he llegado a la conclusión de que Aliosha no debe separarse de usted, porque eso supondría su perdición. Me cuesta reconocer que, posiblemente, hace un mes ya había tomado esta decisión, pero sólo hace un momento he descubierto que se trataba de la decisión más justa. Naturalmente, para manifestarle todo esto podría haberla visitado mañana, en vez de venir a molestarla a estas horas, cerca ya de medianoche. Pero mi precipitación tal vez sirva para demostrarle con qué entusiasmo y, lo que es más importante, con qué sinceridad encaro este asunto. No soy ningún niño, a mis años sería incapaz de dar ningún paso sin haberlo meditado largamente. Al entrar aquí, todo estaba ya decidido y pensado. Pero tengo la sensación de que voy a tener que esperar mucho tiempo para convencerla plenamente de mi sinceridad… Bueno, ¡al grano! ¿Tendré que explicarle qué es lo que me ha traído hasta aquí? He venido a cumplir mi deber con usted, así que… con toda solemnidad, con todo mi ilimitado respeto por usted, le ruego que haga feliz a mi hijo y le conceda su mano. Oh, no vaya usted a pensar que me he presentado aquí como un padre severo que por fin ha decidido perdonar a sus hijos y que acepta, compasivo, su dicha. ¡No, no! Me humilla usted si me atribuye tales pensamientos. Tampoco vaya usted a creer que yo ya contaba de antemano con su conformidad, basándome en los enormes sacrificios que había hecho por mi hijo; ¡no, no, en absoluto! Antes diré bien alto que él no es digno de usted y… Es bondadoso y franco… él mismo lo puede corroborar. Pero eso es lo de menos. Lo que me ha traído hasta aquí, a estas horas, no es eso únicamente… He venido… —se levantó de su asiento respetuosamente y con cierta solemnidad—… ¡he venido con el propósito de que seamos amigos! ¡De sobra sé que no tengo ningún derecho, todo lo contrario! Pero ¡permítame hacerme acreedor a ese derecho! ¡Permítame abrigar esa esperanza!


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