Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Qué te habÃa dicho, Natasha? —exclamó—. ¡Y tú no me creÃas! ¡No estabas dispuesta a creer que se trata del hombre más noble del mundo! ¡Ahora ya lo estás viendo!
Se abalanzó hacia su padre y lo abrazó con fervor. El prÃncipe le correspondió, pero se apresuró a abreviar tan tierna escena, como si le diera vergüenza mostrar sus sentimientos.
—Ya es suficiente —dijo, y recogió su sombrero—, me marcho. Le habÃa pedido diez minutos y ya ha pasado una hora —añadió con una sonrisa—. Pero me marcho impaciente por volver a verla a la mayor brevedad. ¿Me permite venir a visitarla a menudo?
—¡SÃ, sÃ! —respondió Natasha—. ¡Tan a menudo como le sea posible! Me gustarÃa… llegar a quererle cuanto antes… —añadió turbada.
—¡Qué sincera es usted, qué honrada! —dijo el prÃncipe, sonriendo ante sus palabras—. No trata usted de disimular, mostrando una vulgar gentileza. Pero su franqueza es preferible a todas esas falsas galanterÃas. ¡SÃ! Confieso que voy a necesitar mucho tiempo para hacerme acreedor a su cariño.
—Basta ya de elogios… ¡ya es suficiente! —murmuró Natasha, confusa. ¡Qué hermosa estaba en esos momentos!