Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Como quiera —admitió el príncipe—. Pero permítame un par de palabras más sobre esta cuestión. Imagínese lo mal que me siento. Porque el caso es que mañana no puedo venir a visitarla; ni mañana ni pasado mañana. Esta misma tarde he recibido una carta, muy importante para mí: se requiere mi intervención inmediata en un asunto, y me es totalmente imposible sustraerme a él. Mañana por la mañana me voy de San Petersburgo. Por favor, no vaya usted a pensar que he venido tan tarde precisamente porque mañana no tengo tiempo, ni mañana ni pasado. Naturalmente, usted no lo piensa, pero ya lo ve: ¡aquí tiene una muestra de mi desconfianza! ¿Por qué me ha parecido a mí que tenía usted que pensar eso? Sí, esta actitud de desconfianza me ha pesado mucho en la vida, y es posible que todas mis disensiones con su familia hayan sido una consecuencia de este carácter mío tan deplorable… Hoy estamos a martes. Miércoles, jueves y viernes voy a estar fuera de San Petersburgo. El sábado mismo espero estar de vuelta y ese mismo día vendré a verla. Dígame: ¿puedo pasar aquí toda la velada?

—¡Sí, sí, por supuesto! —exclamó Natasha—. ¡El sábado por la tarde le espero! ¡Le espero impaciente!



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