Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—He conocido a mucha gente que reverencia su talento —siguió diciendo el príncipe—; y entre mis amistades se cuentan dos de sus más rendidas admiradoras. Estarán encantadas de conocerle en persona. Se trata de mi queridísima amiga la condesa y de su hijastra, Katerina Fiódorovna Filimónova. Confío en que no me negará usted el placer de presentarle a esas damas.

—Es una propuesta muy halagüeña, aunque ahora mismo apenas hago vida social…

—En ese caso, puede usted darme su dirección. ¿Dónde vive usted? Será un placer para mí…

—No recibo en casa, príncipe; al menos no en estos tiempos.

—No merezco que haga una excepción conmigo, pero…

—Si así lo desea, yo estaría encantado. Vivo en el callejón M., en la casa de Klugen.

—¡En la casa de Klugen! —exclamó; parecía sorprendido—. ¡Cómo! Y usted… ¿lleva mucho tiempo viviendo allí?

—No, no mucho —respondí, y le miré atentamente, casi sin darme cuenta—. Mi apartamento es el número 41.

—¿En el 41? ¿Vive usted… solo?

—Completamente solo.


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