Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Ella le sonrió y le dirigió una mirada larga y cariñosa.

—Qué delicadeza la suya. Ha visto en qué casa tan modesta vives, y no ha dicho ni palabra…

—¿De qué?

—Bueno… de mudarte a otra vivienda… o algo así —añadió Aliosha, ruborizándose.

—Ya basta, Aliosha, ¿a qué viene eso?

—Es lo que yo decía, que ha tenido mucha delicadeza. ¡Y te ha puesto por las nubes! Si ya te lo había dicho yo… ¡ya te lo había dicho! En cambio, hablaba de mí como si no fuera más que un niño; es lo que piensan todos de mí. Qué se le va a hacer, realmente, es lo que soy.

—Eres un niño, pero eres más listo que nadie. ¡Mi buen Aliosha!

—Y ha dicho que tener buen corazón me perjudica. ¿Qué querría decir? No lo entiendo. ¿Sabes, Natasha? Creo que tendría que ir ahora mismo a verle. Estaré aquí contigo a primera hora de la mañana.

—Anda, sí, vete, cariño. Bien pensado. Y no dejes de entrar a verle, ¿me oyes? Y mañana ven a verme en cuanto puedas. Ahora no tendrás que pasarte cinco días alejado de mí —añadió con picardía, mirándole con ternura. Los tres nos encontrábamos en un estado de alegría callada, pero plena.


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