Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Me acompañas, Vania? —gritó Aliosha, saliendo del cuarto.
—No, él se queda; tengo que hablar contigo, Vania. No te olvides: ¡a primera hora!
—¡A primera hora! ¡Adiós, Mavra!
Mavra estaba muy agitada. Había oído el discurso entero del príncipe; no se había perdido palabra, pero no había comprendido demasiado. Le habría gustado hacer sus conjeturas e interrogarnos. Pero por el momento se limitaba a mirarnos muy seria, con altivez incluso. También ella se daba cuenta de que muchas cosas habían cambiado.
Nos quedamos los dos solos. Natasha me cogió de la mano y estuvo un momento en silencio, como buscando lo que iba a decir.
—¡Qué cansada estoy! —dijo al fin con voz débil—. Dime una cosa: ¿puedes ir mañana a ver a mis padres?
—Sin falta.
—Cuéntaselo a mamá, pero a él no le digas nada.
—De todos modos, nunca le hablo de ti.
—Eso es; aunque se va a enterar de todos modos. Y tú estate pendiente de lo que dice. ¿Cómo se lo tomará? ¡Ay, Señor! ¿Será posible que me maldiga por esta boda? ¡No, no puede ser!