Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Al prÃncipe le toca arreglarlo todo —me apresuré a sugerir—. Tiene la obligación de reconciliarse con él, y entonces todo se arreglará.
—¡Ay, Dios mÃo! ¡Ojalá! ¡Ojalá! —exclamó suplicante.
—No te preocupes, Natasha, ya verás cómo todo se arregla. Todo irá bien.
Natasha me miró fijamente.
—¡Vania! ¿Qué piensas tú del prÃncipe?
—Si ha sido sincero, en mi opinión, es un hombre de una gran nobleza.
—¿Si ha sido sincero? ¿Qué quieres decir? ¿Es que ha podido no serlo?
—Eso me ha parecido —contesté. «Indudablemente, algo se le pasa por la cabeza —pensé—. ¡Qué raro!»
—Tú no hacÃas más que mirarle… tan fijamente…
—SÃ, es un individuo algo extraño; esa impresión me ha dado.
—A mà también. Dice todo de una manera que… Estoy cansada. Anda, vete tú también a casa. Y mañana ven a verme, si puedes, antes que nadie. Y dime otra cosa: ¿tú crees que ha podido sentirse ofendido cuando le he dicho que me gustarÃa llegar a quererle cuanto antes?
—No… Ofendido ¿por qué?