Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Y… ¿no habrá sido una tonterÃa? Porque asà le he dado a entender que, por ahora, aún no le quiero.
—Al contrario, ha sido algo muy bonito, ha parecido ingenuo, espontáneo. ¡Estabas tan guapa en esos momentos! Más tonto será él si no es capaz de entenderlo con toda su nobleza.
—Se dirÃa que estás enfadado con él, Vania. Yo sà que me porto mal, ¡no soy más que una desconfiada y una presuntuosa! No te rÃas; no quiero ocultarte nada. ¡Ay, Vania, mi querido amigo! Ya sé yo que, si vuelvo a ser infeliz, si la tristeza regresa, seguro que estarás a mi lado; puede que no haya nadie más, pero ¡tú estarás ahÃ! ¡Es tanto lo que te debo! ¡No me maldigas nunca, Vania!
De vuelta a casa, me desvestà en seguida y me acosté. Mi cuarto estaba húmedo y oscuro, como una tumba. Me asaltaron toda clase de extraños pensamientos y sensaciones, y tardé mucho en dormirme.
Seguramente en aquellos momentos sólo un hombre se estarÃa riendo, mientras aguardaba el sueño en su confortable cama; siempre y cuando, claro está, se dignara reÃrse de nosotros. ¡Seguro que no!