Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Ah, eres tú otra vez! —exclamé—. Vaya, ya sabÃa yo que volverÃas. ¡Pasa!
Entró, franqueando despacio el umbral, como el dÃa anterior, mirando recelosa a su alrededor. Examinó atentamente aquella habitación en la que habÃa vivido su abuelo, como si hubiera advertido lo mucho que habÃa cambiado desde que habÃa un nuevo inquilino. «Caramba, es igual que su abuelo —pensaba yo—. ¿No estará mal de la cabeza?» Ella no decÃa nada; yo estaba esperando.
—¡Los libros! —susurró finalmente, sin levantar la mirada del suelo.
—¡Ah, claro! Tus libros; ¡ahà los tienes, cógelos! Te los he guardado a propósito.
Me miró con curiosidad y torció la boca de un modo extraño, como si hubiera pretendido sonreÃr sin convicción. Pero las ganas de sonreÃr dejaron paso en seguida a la misma expresión de antes, severa y enigmática.
—¿No le hablarÃa de mà el abuelo? —preguntó, recorriéndome irónicamente con la mirada.
—No, no me habló de ti, pero…
—¿Y cómo sabÃa que iba a venir? ¿Quién se lo habÃa dicho? —me interrumpió de inmediato.