Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Es que tenía la impresión de que tu abuelo no podía vivir solo, abandonado por todo el mundo. Era muy viejo, muy débil; así que pensé que alguien tenía que ocuparse de él. Venga, coge tus libros. ¿Te sirven para estudiar?

—No.

—Entonces, ¿para qué los quieres?

—Antes me enseñaba mi abuelo, cuando iba a verle a su casa.

—¿Y después dejaste de ir?

—Después dejé de ir… Caí enferma —añadió, como justificándose.

—¿Tienes familia? ¿Madre, padre?

De pronto frunció el ceño y me dirigió una mirada asustada. Luego bajó los ojos, se dio la vuelta sin decir nada y salió del cuarto en silencio, sin dignarse contestar, igual que la víspera. Yo la seguí con la vista, perplejo. Pero se detuvo en el umbral.

—¿De qué murió? —preguntó con voz entrecortada, volviéndose mínimamente hacia mí, con el mismo gesto, con los mismos movimientos del día anterior, cuando, en esa misma postura, también de cara a la puerta, había preguntado por Azorka.


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