Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Me aproximé a ella y a toda prisa empecé a contarle lo ocurrido. Me escuchó en silencio, expectante, con la cabeza gacha y dándome la espalda. También le conté cómo su abuelo, justo antes de morir, había hablado de la Sexta Línea.

—Así que me imaginé —añadí— que allí debían vivir algunos de sus seres queridos, por eso esperaba que viniera alguien a interesarse por él. Seguro que te quería, cuando se acordó de ti en sus últimos instantes.

—No —murmuró, casi sin pensarlo—, no me quería.

Estaba muy emocionada. Mientras le hablaba, me incliné hacia ella y me fijé en su cara. Noté que estaba haciendo un tremendo esfuerzo para dominar su agitación, como si fuera cuestión de orgullo. Cada vez se iba poniendo más pálida y se mordía con fuerza el labio inferior. Pero lo que más me impresionó fueron los extraños latidos de su corazón. Cada vez le latía con más fuerza, hasta que llegó un momento en que se podía oír a dos o tres pasos de distancia, como si sufriera un aneurisma. Estaba convencido de que iba a romper a llorar súbitamente, como le había pasado la víspera; pero logró controlarse.

—Y ¿dónde está la valla?

—¿Qué valla?

—La valla junto a la que murió.


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