Humillados y ofendidos

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Pero apenas había tenido tiempo de leer el cartel cuando de pronto se oyó en el patio un agudo chillido de mujer, seguido de unos insultos. Eché un vistazo por encima de la valla: en las escaleras de acceso al zaguán había una señora gorda, vestida como una burguesa, con la cabeza envuelta en un pañuelo y un chal verde sobre los hombros. Su tez amoratada resultaba desagradable; sus pequeños ojos, hinchados e inyectados en sangre, echaban chispas de furia. Se veía que no estaba sobria, a pesar de lo temprano de la hora. Estaba chillándole a la pobre Yelena, que estaba parada delante de ella, en un estado de estupefacción, con la taza en una mano. En esas mismas escaleras, a la espalda de aquella mujer roja de ira, se podía ver a otra mujer, desgreñada y pálida, a la que se le habían subido los colores. Poco después se abrió la puerta de la escalera que subía desde el sótano hasta la planta baja, y apareció, seguramente atraída por los gritos, una mujer de mediana edad, modestamente vestida, de aspecto agradable y humilde. Otros inquilinos de la planta baja, un anciano decrépito y una jovencita, asomaron también por esa puerta entreabierta. Un hombretón alto y recio, probablemente el portero, estaba parado en medio del patio, con una escoba en la mano, y contemplaba desganado la escena.



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