Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Ah, desgraciada, sanguijuela, maldita piojosa! —gritaba la mujerona, soltando una retahÃla de insultos, sin puntos ni comas en su mayorÃa, atragantándose al decirlos—. ¡Asà me pagas todo lo que he hecho por ti, desharrapada! ¡La mando por unos pepinos y desaparece! El caso es que ya andaba yo con la mosca detrás de la oreja. ¡Ay, qué disgusto! ¡Mira que ayer ya tuve que darle una buena tunda, y hoy vuelve a las andadas! ¡Adónde irás tú, descastada, adónde irás! ¡Qué se te habrá perdido a ti por ahÃ! ¡Adónde irás tú, mal bicho, con esos ojos de rana! ¡Dime, dime adónde vas, asquerosa, si no quieres que te mate ahora mismo!
Entonces la señora, completamente fuera de sÃ, se lanzó sobre la pobre niña, pero, al ver que habÃa otra mujer, una inquilina de la planta baja, mirando desde el zaguán, se paró en seco y, dirigiéndose a esa vecina, empezó a chillar en un tono aún más estridente que antes y a hacer aspavientos, como poniéndola por testigo del monstruoso crimen de su pobre vÃctima.