Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡SÃ, sÃ, su madre estiró la pata! Y ya sabéis, buenos vecinos, se ha quedado sola en el mundo. Y, claro, yo veÃa que, habiendo aquà tanta escasez, nadie iba a poder ocuparse de ella; total, que me dije: «Bueno, qué se le va a hacer, aunque sólo sea por san Nicolás, me haré cargo de esa huérfana». Dicho y hecho. Y ¿os podéis creer que en dos meses que llevo ya manteniéndola no ha hecho más que chuparme la sangre y sacarme el alma? ¡Sanguijuela! ¡Mala vÃbora! ¡Demonio de niña! ¡Mira que es testaruda! ¡No hay quien pueda con ella! ¡No hay forma de arrancarle una palabra! ¡Con ella no valen ni golpes ni amenazas! ¡No dice ni pÃo! ¡Es que me saca de mis casillas! Pero ¿tú quién te has creÃdo que eres, mal bicho, mono verde? Si no fuera por mÃ, ya te habrÃas muerto de hambre, tirada en la calle. ¡TendrÃas que lavarme los pies y beberte el agua, monstruo, negro florete francés! ¡Ya habrÃas espichado, de no ser por mÃ!
—Sà que está usted buena, Anna TrÃfonovna. Y ¿qué le ha hecho esta vez? —le preguntó respetuosamente la vecina a la que se habÃa dirigido la encolerizada arpÃa.