Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¿Que qué me ha hecho, dices? ¿Que qué me ha hecho? ¡Yo no tolero que nadie me conteste! ¡Conmigo, si no se hacen las cosas por las buenas, habrá que hacerlas por las malas! ¡Yo soy así! ¡Y hoy por poco no me lleva a la tumba! ¡La mando por pepinos a la tienda, y me vuelve a las tres horas! Ya me olía yo algo cuando la mandé. ¡Qué disgusto, Señor, qué disgusto! ¡Qué disgusto más grande! ¿Dónde habrá estado? ¿Adónde habrá ido? ¿Qué clase de protectores se habrá buscado? ¡Como si yo no me hubiera portado bien con ella! Pero si a la asquerosa de su madre ya le perdoné catorce rublos que me debía, y corrí con los gastos del entierro, y luego me he hecho cargo de ese diablo; todo eso ya lo sabes tú, querida. ¿Qué pasa, es que después de todo eso no tengo ningún derecho sobre ella? ¡Pues ella, en vez de comprenderlo, no hace más que enfrentarse a mí! Yo sólo quería lo mejor para ella. Quería que esa piojosa llevara vestidos de muselina, le compré unas botitas en el Gostiny Dvor[37]… ¡Cómo la puse, le alegraba a uno la vista! Y ¿os podéis creer, buenos vecinos, que a los dos días ya me había destrozado el vestido, lo tenía hecho trizas? ¡Y así va ella ahora, así va! Y además, no os vayáis a creer, lo destrozó aposta; no os miento, lo vi con mis propios ojos, fue como si dijera: «Prefiero ir hecha una andrajosa, no quiero llevar un vestido de muselina». Entonces, claro, me desahogué con ella, le di una buena paliza, si hasta tuve que llamar luego a un médico, mi dinero me costó. Debería espachurrarte, maldito piojo, aunque me castigaran a pasarme una semana sin tomar leche, porque no creo que me mereciera mayor castigo. Para que aprendiera, le hice fregar los suelos; y, no os vayáis a creer, ¡friega! ¡Vaya si friega esa infame! Cada vez que me saca de quicio, ¡a fregar! Pero, claro, pensé: «¡Seguro que se escapa!». Fue pensarlo y ayer mismo, cuando me quise dar cuenta, ya se me había escapado. Ya oísteis ayer, buenos vecinos, cómo le sacudí por lo que había hecho, me dolían las manos. Le quité las medias, los zapatos… «No va a salir descalza», pensaba yo; ¡y hoy se repite la historia! ¿Dónde has estado? ¡Habla! ¿A quién le has ido con el cuento, semilla de ortiga? ¿A quién te has quejado de mí? ¡Habla, gitana, máscara extranjera, habla!


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