Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Y, hecha una furia, se lanzó sobre la niña, paralizada de terror, la agarró de los pelos y la tiró al suelo. La taza con los pepinos salió volando y se hizo añicos; eso no hizo más que aumentar la rabia de aquella arpía bebida. Empezó a pegar a su víctima en la cara y en la cabeza, pero Yelena se obstinaba en guardar silencio: por más golpes que le cayeron, no salió de su boca una sola palabra, un solo grito, una sola queja. Sin poder dominar mi indignación, irrumpí en el patio y fui decidido hacia aquella borracha.

—¿Qué hace usted? ¿Cómo se atreve a tratar de esa manera a una pobre huérfana? —le grité, al tiempo que le sujetaba la mano a esa furia.

—¿A qué viene esto? ¿Y tú quién eres? —gritó, dejando a Yelena y poniendo los brazos en jarras—. ¿Qué se le ha perdido en mi casa?

—¡Lo que se me ha perdido es que no tiene usted compasión! —grité—. ¿Cómo se le ocurre abusar así de una chiquilla? No es su hija; he oído cómo decía que usted sólo la ha acogido, que es una pobre huérfana…



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