Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Señor Jesús! —estalló la furia—. Pero ¿quién te ha dado vela en este entierro? ¿Has venido con ella, verdad? ¡Ahora mismo pienso ir a hablar con el comisario! ¡Y Andrón Timofeich me trata con muchísimo respeto! ¿No será a ti a quien va a visitar? ¿Se puede saber quién eres tú? Y encima vienes a armar alboroto en una casa ajena. ¡Guardias!

Y se abalanzó sobre mí, blandiendo sus puños. Pero justo en ese momento se oyó un grito desgarrador, inhumano. Volví la mirada: Yelena, que se había quedado inmóvil hasta entonces, como sin sentido, de repente, con un grito aterrador, que no parecía natural, cayó redonda al suelo y empezó a sufrir unas convulsiones espantosas. Tenía la cara desfigurada. Había tenido un ataque del mal caduco. Una joven desgreñada y una mujer se acercaron corriendo, la levantaron y se la llevaron rápidamente para el piso de arriba.

—¡Así reviente, la muy desgraciada! —gritaba la mujer, mientras se la llevaban—. Es el tercer ataque en un mes… ¡Fuera de aquí, charlatán! —dijo, increpándome de nuevo—. ¿Y tú, portero, qué haces ahí parado? ¿Para qué se te paga?

—¡Lárgate de una vez si no quieres tener problemas! —soltó con desgana el portero, sólo por guardar las apariencias—. No te metas donde no te llaman. ¡Hala, adiós!


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