Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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No había nada que hacer. Salí a la calle, convencido de que mi intervención no había servido de nada. Pero estaba indignado, me hervía la sangre. Me quedé en la acera, enfrente del portal, mirando por encima de la valla. En cuanto me fui, la mujer salió corriendo hacia el piso de arriba, mientras el portero, después de haber cumplido con su deber, desaparecía. Muy poco después la mujer que había ayudado a trasladar a Yelena salió del zaguán y bajó a toda prisa hacia el sótano, donde ella vivía. Al verme, se detuvo y me miró con curiosidad. Yo volví a entrar en el patio y me dirigí a ella.

—Permita que le pregunte —empecé— quién es esa niña y qué es lo que le está haciendo esa horrible mujer. No vaya usted a creer que se lo pregunto por mera curiosidad. He visto anteriormente a esta niña y, por una serie de circunstancias, tengo mucho interés en saber de ella.

—Pues si le interesa, lo mejor que puede hacer es llevársela a su casa o encontrarle algún otro sitio, y no dejar que se pierda aquí —dijo aquella mujer con aparente desgana, e hizo ademán de apartarse de mí.

—Pero, si usted no me explica lo que pasa, no sé qué puedo hacer. Le digo que no sé nada de nada. Me imagino que esa mujer sería la propia Búbnova, la dueña de la casa.

—Así es, la misma.


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