Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Asà que la chiquilla ha ido a parar a sus manos. ¿Fue aquà donde murió su madre?
—Pues sÃ, ha ido a parar… Pero eso no es asunto mÃo. —Hizo un nuevo ademán de retirarse.
—Pero hágame el favor; ya le he dicho que estoy muy interesado en esta cuestión. Tal vez esté en condiciones de hacer algo. Esta niña ¿quién es? ¿Sabe usted quién era su madre?
—ParecÃa extranjera, venida de fuera; vivÃa ahà abajo; estaba enferma; murió tÃsica.
—Entonces, serÃa muy pobre, si vivÃa en ese sótano, en un cuartucho.
—¡Uf, no sabe usted lo pobre que era! Me partÃa el alma. Nosotros vivimos al dÃa, pero en cinco meses que estuvo aquà nos dejó a deber seis rublos. Tuvimos que enterrarla nosotros; el ataúd se lo hizo mi marido.
—¿Y cómo es que dice esa Búbnova que fue ella la que la enterró?
—¡Que va a enterrarla ella!
—Y ¿cómo se llamaba?
—No sabrÃa decirle, bátiushka; tenÃa un apellido muy complicado; creo que era alemana.
—¿Smith?
—No, asà no era. Bueno, en cuanto a la huérfana, Anna TrÃfonovna se ha hecho cargo de ella; para criarla, dice… Pero la cosa no anda bien…