Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿No la habrá acogido con algún otro propósito?
—No se dedica a nada bueno —respondió la mujer, pensativa, como preguntándose si debÃa o no debÃa responder—. Pero, a nosotros, ni nos va ni nos viene, no es asunto nuestro…
—¡EstarÃas mejor callada! —dijo a nuestra espalda una voz de varón. Se trataba de un hombre ya maduro, que llevaba puesto un caftán por encima de un batÃn; tenÃa aspecto de artesano; era el marido de mi interlocutora—. Créame, bátiushka, no tenemos nada de que hablar con usted; esto no es asunto nuestro… —siguió diciendo, mirándome de reojo—. ¡Y tú ve para casa! Que tenga un buen dÃa, señor; somos fabricantes de ataúdes. Si necesita de nuestros servicios, con muchÃsimo gusto… Pero, fuera de eso, no hay nada que discutir…
Salà de aquella casa pensativo y muy alterado. No podÃa hacer nada, pero me resultaba muy duro dejar las cosas como estaban. Algunas de las cosas que habÃa dicho la mujer del artesano me habÃan preocupado especialmente. Allà se ocultaba algo siniestro; lo presentÃa.