Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Me marché, cabizbajo y meditabundo, cuando de pronto oí una voz brusca que me llamaba por mi apellido. Alcé la vista y me encontré con un individuo bebido, casi tambaleante, vestido con bastante pulcritud, salvo por el capote inmundo y el gorro mugriento que llevaba. Su cara me resultaba familiar. Me quedé mirándole. Me guiñó un ojo y me sonrió irónicamente.
—¿No me reconoces?