Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Se acercó al bufé y allí, como por casualidad, se situó al lado del joven de la poddiovka, ése a quien, con tanta familiaridad, llamaba Mitroshka. Me dio la impresión de que Maslobóiev lo conocía bastante mejor de lo que me había dado a entender. Al menos, resultaba evidente que no era la primera vez que se encontraban. Mitroshka me pareció un joven bastante peculiar. Con su poddiovka y su camisa de seda roja, con aquellos rasgos duros, pero agradables, con su aire juvenil, su rostro atezado, su mirada decidida y relampagueante, tenía un aspecto interesante y atractivo. Sus ademanes eran deliberadamente desafiantes y, sin embargo, en aquellos momentos, se notaba que se estaba conteniendo, en su deseo de dar ante todo una imagen de seriedad y diligencia.