Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Escucha, Vania —dijo Maslobóiev al volver a mi lado—, ven a verme a casa a las siete; tal vez tenga algo que contarte. Yo, como ves, soy un don nadie; en otros tiempos tuve mi importancia, pero ahora soy sólo un borracho, que no cuenta para nada. Pero me quedan mis viejos contactos; eso me permite averiguar ciertas cosas, meter la nariz entre la gente fina; asà saco algo. No es menos cierto que en mi tiempo libre, o sea, en los ratos en que estoy sobrio, hago alguna cosa por mi cuenta, también por medio de mis conocidos… más que nada, labores de investigación… Bueno, suficiente… Aquà tienes mi dirección, en la calle Shestilávochnaia. Y ahora, hermano, creo que ya me he pasado de la raya. Otra copa dorada, y a casa. A echarme un rato. No dejes de venir: te presentaré a Aleksandra Semiónovna y, si tenemos tiempo, hablaremos de poesÃa.
—Ya, ¿y de lo otro?
—Bueno, de lo otro puede que también.
—Puede que vaya; es muy probable que vaya…