Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Anna Andréievna llevaba mucho rato esperándome. Lo que le había contado la víspera sobre la nota de Natasha había despertado su curiosidad, y pensaba que iría a su casa mucho más temprano, a las diez como muy tarde. Así que, cuando me presenté pasada la una, el tormento por la espera estaba a punto de acabar con las fuerzas de la pobre anciana. Además, deseaba hacerme partícipe de las nuevas esperanzas que abrigaba desde el día anterior, así como hablarme de Nikolái Sergueich, que se encontraba enfermo desde entonces, y estaba abatido, aunque al mismo tiempo se mostraba especialmente cariñoso con ella. Cuando me presenté allí, me recibió con una expresión de frialdad y disgusto, se limitó a farfullar algo entre dientes y no manifestó el menor interés por mí, como diciendo: «¿A qué has venido? Aún tendrás ganas de venir por aquí a diario»… Estaba enfadada por mi retraso. Pero yo llevaba prisa, y sin más preámbulos le conté toda la escena de la noche anterior en casa de Natasha. En cuanto la buena señora me oyó hablar de la visita del príncipe padre y de su propuesta solemne, su aparente apatía se desvaneció de inmediato. No tengo palabras para describir su alegría: llegó a perder la compostura, se santiguó, lloró, se postró delante del icono, me abrazó y quiso ir corriendo a comunicarle su alegría a Nikolái Sergueich.