Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Perdóneme, bátiushka, pero es que son todas estas humillaciones, todas estas ofensas, las que le han deprimido, así que, cuando se entere de que a Natasha se le ha dado completa satisfacción, se olvidará de todo eso al instante.

Me costó mucho disuadirla. La buena anciana, a pesar de llevar veinticinco años viviendo con su marido, seguía sin conocerlo bien. También le entraron ganas de venirse conmigo a ver a Natasha. La hice ver que no sólo Nikolái Sergueich podía desaprobar su conducta, sino que incluso era posible que lo echáramos todo a perder. Finalmente, y tras muchos esfuerzos, se lo pensó mejor, pero me retuvo allí otra media hora y en todo ese tiempo ella fue la única que habló. «Y ahora ¿con quién me quedo yo? —decía—. Verme aquí sola, radiante de alegría, entre estas cuatro paredes.» Finalmente pude convencerla de que me dejara marchar, recordándole que Natasha me estaría esperando ansiosa. La anciana me persignó varias veces antes de salir, me encomendó que le transmitiera una bendición muy especial a Natasha y estuvo a punto de echarse a llorar cuando me negué en redondo a volver ese mismo día, por la tarde, a menos que hubiera novedades importantes en relación con Natasha. En esta ocasión no vi a Nikolái Sergueich: no había dormido en toda la noche, se había estado quejando de jaqueca y tenía un resfriado, y en esos momentos dormía en su despacho.


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