Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos También Natasha llevaba toda la mañana esperándome. Cuando entré en su casa, estaba, como de costumbre, dando vueltas por la habitación, con los brazos cruzados, meditando algo. Incluso ahora, siempre que la recuerdo, me parece estar viéndola sola en aquel modesto cuartito, pensativa, sin compañía alguna, expectante, con los brazos cruzados, con la mirada gacha, yendo sin rumbo de acá para allá.
Sin dejar de dar vueltas, me preguntó en voz baja por qué llegaba tan tarde. Le hice un resumen de mis andanzas, pero casi no me escuchó. Su ansiedad saltaba a la vista. «¿Alguna novedad?», le pregunté. «Ninguna», contestó; pero, por la cara que puso, no me costó adivinar que sí tenía noticias y que estaba deseando que llegara para contármelas. Sin embargo, como era habitual en ella, no me las iba a contar al principio, sino cuando ya estuviera a punto de marcharme. Siempre nos pasaba lo mismo. Yo ya estaba acostumbrado, así que me preparé para esperar.
Naturalmente, empezamos nuestra conversación comentando los acontecimientos del día anterior. Lo que más me chocó fue que estuviéramos completamente de acuerdo en nuestras impresiones sobre el príncipe: decididamente, no le gustaba; ahora le gustaba mucho menos incluso que la noche anterior. Y, mientras estábamos analizando, punto por punto, la visita, Natasha dijo súbitamente: