Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Escucha, Vania, ya sabes lo que pasa: si al principio una persona no nos gusta, eso suele ser una señal de que más adelante nos va a gustar. Eso, al menos, es lo que siempre me ha pasado a mí.

—Ojalá sea así, Natasha. Y ésta es mi opinión, y ya es definitiva: le he estado dando vueltas y he llegado a la conclusión de que, aunque es muy posible que el príncipe actúe como un jesuita, el hecho es que está conforme con vuestro matrimonio. Realmente conforme, con toda seriedad.

Natasha se detuvo en medio del cuarto, mirándome con severidad. Estaba demudada; incluso los labios le temblaban un poco.

—Sí, ¿cómo podría, en un caso como éste, dedicarse a embaucarnos y… a mentir? —preguntó con altiva incredulidad.

—¡Eso es, eso es! —me apresuré a darle la razón.

—Desde luego, no mentía. En mi opinión, no hay ni que pensar en eso. Tampoco creo que tuviera ningún motivo para tratar de embaucarnos. Y, sobre todo, ¿qué podría haber visto en mí para burlarse de ese modo? ¿Cómo iba a haber nadie dispuesto a ofender así a la gente?


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