Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Claro, claro! —asentÃ, aunque me dije: «Seguro, pobre amiga mÃa, que no pensabas en otra cosa hace un rato, cuando no parabas de dar vueltas por la habitación, y es posible que tengas aún más dudas que yo».
—¡Ay, cuánto me gustarÃa que regresara pronto! —dijo—. QuerÃa pasarse toda la tarde aquà conmigo, pero resulta… Seguro que se trataba de un asunto importante, porque ha tenido que renunciar a todo y se ha marchado. ¿Sabes de qué podÃa tratarse, Vania? ¿No habrás oÃdo algo?
—Cualquiera sabe. Como siempre está ganando dinero… He oÃdo decir que tiene parte en una contrata, aquà en San Petersburgo. Nosotros, Natasha, de negocios no entendemos nada.
—No, claro. Ayer Aliosha mencionó no sé qué carta.
—SerÃa alguna noticia. ¿Ha estado aquÃ?
—SÃ.
—¿Temprano?
—A las doce; ya sabes que duerme hasta tarde. Ha estado aquà un rato. Le insistà en que fuera a ver a Katerina Fiódorovna; no sé si he hecho bien, Vania.
—¿Es que no tenÃa intención de ir?
—No; sà que tenÃa…