Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos En la calle, junto al portal, advertí la presencia de un coche, que me pareció que era el del príncipe. Se accedía a la vivienda de Natasha a través de un patio. En cuanto empecé a subir las escaleras, oí por delante de mí, un tramo más arriba, a alguien que avanzaba a tientas, con cuidado: evidentemente, no estaba familiarizado con el lugar. Me figuré que sería el príncipe, pero en seguida cambié de parecer. A medida que subía, el desconocido iba refunfuñando y maldiciendo, en un tono tanto más fuerte y enérgico cuanto más ascendía. Cierto que la escalera era estrecha, mugrienta y empinada, y a ratos carecía de iluminación; pero las imprecaciones, que comenzaron en el tercer piso, parecían impropias del príncipe: el individuo que subía blasfemaba como un carretero. A partir del cuarto piso ya había luz; la puerta de Natasha estaba iluminada por un farolillo. Justo delante de la puerta alcancé al desconocido, y cuál no sería mi sorpresa al reconocer en él al príncipe. Me dio la impresión de que le resultaba sumamente desagradable toparse conmigo tan de sopetón. En el primer momento no me reconoció, pero no tardó en mudar el semblante. La maligna mirada de odio que inicialmente me había lanzado se volvió de pronto amable y alegre, y me tendió ambas manos con inusitado alborozo.