Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Ah, es usted! ¡Estaba a punto de hincarme de rodillas e implorarle a Dios que salvara mi vida! ¿Me ha oído usted blasfemar? —Y se echó a reír a carcajadas de la manera más cándida. Pero, de pronto, su rostro adoptó una expresión seria y preocupada—. ¡Y que Aliosha haya podido alojar a Natalia Nikoláievna en semejante apartamento! —exclamó, sacudiendo la cabeza—. Estas menudencias, como algunos las llaman, son las que definen a un hombre. Temo por este muchacho. Es bueno y tiene un corazón noble, pero ya ve usted: está locamente enamorado e instala a su amada en un cuchitril como éste. Hasta he oído decir que a veces le ha faltado el pan —añadió cuchicheando, mientras buscaba el cordel de la campanilla—. Me supone un quebradero de cabeza pensar en su porvenir, pero sobre todo en el porvenir de Anna Nikoláievna, cuando sea su mujer…

Sin darse cuenta, se equivocó de nombre, visiblemente malhumorado por no dar con la campanilla. Pero es que ni siquiera había campanilla. Tiré del picaporte y en seguida nos abrió Mavra, que nos recibió muy atareada. En la cocina, que estaba separada del minúsculo recibidor por un tabique de madera, se podían apreciar algunos preparativos a través de la puerta abierta: todo se veía más limpio y reluciente que de costumbre; la estufa estaba encendida; en la mesa había una vajilla nueva. Era evidente que nos esperaban. Mavra se apresuró a quitarnos los abrigos.


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