Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¿Está aquí Aliosha? —le pregunté.

—No ha venido —me susurró de manera algo enigmática.

Entramos en la habitación de Natasha. En ella no había ningún preparativo especial; todo estaba como de costumbre. Por otra parte, lo tenía todo siempre tan limpio y primoroso que no era necesario arreglar nada. Natasha nos recibió de pie, delante de la puerta. Me dejó estupefacto la enfermiza delgadez y la extraordinaria palidez de su rostro, aunque el rubor asomó por un instante a sus demacradas mejillas. Tenía ojos febriles. Sin pronunciar palabra, tendió apresuradamente la mano al príncipe; estaba visiblemente alterada, trastornada. A mí ni siquiera me miró. Aguardé en silencio.

—¡Aquí me tiene! —dijo el príncipe en tono amistoso y alegre—. Sólo hace unas horas que he regresado. En todo este tiempo no la he olvidado un instante —le besó afectuosamente la mano—, ¡y no sabe cuánto… cuánto he pensado en usted! Tengo tantas cosas que decirle, que contarle… ¡Bueno, ya hablaremos largo y tendido! Por lo que veo, el veleta de mi hijo aún no está aquí…

—Con su permiso, príncipe —le interrumpió Natasha, ruborizada y turbada—, he de decirle un par de cosas a Iván Petróvich. Ven, Vania… dos palabras…

Me cogió de la mano y me llevó detrás del biombo.


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